Makuri

Makuri – pinturas japonesas sin montar

Una hoja de papel o seda, la pintura terminada, el marco aún por decidir: el makuri le deja elegir entre rollo colgante y cuadro enmarcado – piezas únicas pintadas a mano directamente desde Japón.

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En resumen

Un makuri es una pintura japonesa sin montar: la imagen terminada sobre su soporte original de papel o seda, pero sin montaje de tela, sin rodillo y sin cordón para colgar. En Japón, las obras solían salir del taller de esta forma y se montaban más tarde, según el uso previsto. Quien adquiere un makuri decide por sí mismo si se convertirá en un kakemono o en un cuadro enmarcado. Sin montaje, un makuri apenas ocupa espacio y se guarda en plano. En Densho encontrará makuri pintados a mano como piezas únicas directamente desde Japón.

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Makuri: la pintura antes del montaje

Un makuri es una hoja sin montar: la pintura terminada sobre su honshi original, el soporte de papel o seda, pero sin montaje, sin varillas y sin cordón. Todo lo que el montador añade a un kakemono –las estrechas franjas ichimonji, el borde interior, los campos del cielo y la tierra, el listón y el rodillo con sus jikusaki– aún falta en el makuri. La imagen en sí no se ve afectada. La firma y el sello pertenecen a la hoja y están donde el pintor los situó dentro de la composición.

El estado habitual en que una obra salía del taller

Un makuri no es un rollo al que le falte algo. En Japón, la hoja sin montar era el estado habitual en que una obra salía del taller; se montaba después, según el uso previsto. El montaje, el hyōgu, es un oficio propio con su propia historia. El montador, el hyōgu-shi, elige las telas en función del motivo, de la época de la obra y de la ocasión. Quien adquiere un makuri tiene aún por delante esta decisión sobre la forma y las telas, y puede tomarla según su propio gusto.

Makuri y kakemono: la diferencia

Un kakemono es obra conjunta de dos manos: la del pintor y la del montador. La pintura se refuerza con varias capas de washi y engrudo de almidón de trigo, se enmarca con telas a juego y se tensa entre un listón superior y un rodillo inferior, de modo que puede colgarse, volver a enrollarse y guardarse en una caja de madera. El makuri, en cambio, es solo obra del pintor. Se guarda en plano, apenas ocupa espacio y suele costar menos que un rollo completamente montado. Para quien empieza a coleccionar pintura japonesa es una puerta de entrada honesta: la misma mano, el mismo material, solo que con menos alrededor.

Montarlo como kakemono

Si un makuri ha de convertirse en rollo colgante, hay que acudir a un hyōgu-shi; además de los talleres de Japón, existen algunos talleres especializados en Europa. Los montajes japoneses siguen tipos establecidos: el extendido yamato-hyōgu trabaja con tres telas en orden jerárquico y distingue tres grados de formalidad, shin, gyō y sō, mientras que el bunjin-hyōgu rodea la imagen por todos sus lados con una sola tela. Un gris azulado frío puede recoger el tono de un paisaje a tinta, un ocre dorado cálido puede responder a unas flores. Un montaje así requiere tiempo y dinero, porque entre un paso y otro la obra se humedece y se seca una y otra vez. A cambio, obtiene un rollo cuyo montaje ha elegido usted mismo.

Un marco en lugar de un rollo

Un makuri también puede enmarcarse. Para muchas viviendas es la solución más evidente, ya que un cuadro enmarcado no necesita una pared de la altura de un rollo y se integra en una composición existente. Conviene tener presente una diferencia fundamental: el kakemono está pensado para cambiarse y se expone solo unas semanas cada vez, mientras que un cuadro enmarcado suele colgar de forma permanente. Por eso el lugar es aún más importante. El sol directo decolora visiblemente en pocos meses los tintes vegetales, el índigo y la seda, y el aire de la calefacción vuelve quebradizo el papel. Una pared interior tranquila con luz indirecta es la elección correcta.

Motivos y soportes

Los makuri muestran los mismos motivos que los rollos montados. Entre los motivos típicos de los makuri figuran, por ejemplo, un tigre en actitud apacible sobre seda fina, dos cachorros jugando, un poeta en busca de un verso, un lirio con una abeja, un paisaje invernal nevado con cabañas de techo de paja, bambú ante la luna llena o una campanilla sobre una estrecha tira de papel. La mayoría de las hojas proceden del periodo Shōwa (1926–1989) y todas están pintadas a mano. Predomina el papel como soporte; algunas obras están realizadas sobre seda.

Conservación y cuidado

Un makuri se guarda en plano y en seco, preferiblemente entre hojas de papel libre de ácido y en un lugar oscuro con temperatura estable. Como en cualquier rollo, una humedad relativa de entre el 50 y el 60 por ciento es una buena referencia: por debajo, el papel se vuelve quebradizo; por encima, amenazan el moho y las manchas de humedad. Manipule la hoja solo con las manos limpias y secas, porque la grasa de la piel deja huellas permanentes en la seda. Nunca la limpie con humedad, ya que ni la tinta ni los pigmentos resisten el agua.

En qué se fijan los coleccionistas

Como ningún montaje distrae de la pintura, toda la atención recae en la imagen. Un ligero amarilleo es normal en hojas antiguas; conviene mirar con más atención las manchas en el centro de la imagen, la seda quebradiza y los pliegues que atraviesan la pintura. Compruebe las medidas de la hoja si piensa montarla o enmarcarla. Y tómese tiempo para observar el trazo: sin brocado ni marco, la mano del pintor se muestra de forma especialmente directa.

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